Sobre “Memorias”. Pintura de Paul Zegarra
Cortesía: El Cultural
Por: Jano Cortijo
La luz. Y no me refiero al recibo mensual que muchos tememos recibir. La luz natural de nuestras horas diurnas. La luz artificial que últimamente nos absorbe en pantallas rectangulares. La luz, materia informe que nos envuelve y resalta el polvo acumulado sobre la mesa que olvidamos limpiar. Luz matutina que a veces nos despierta, señal del nuevo día. Luz intensa al medio día que aterriza sobre superficies naturales generando sinfonías de matices y tonos.
Paul Zegarra Benites es un pintor. Pintor – pintor como se suele denominar a los artistas dedicados completamente a la investigación del color y la luz. Hasta la invención de la fotografía, teníamos sólo la habilidad de los artistas para ver un reflejo del mundo. Actualmente abundan las formas de registrar el entorno inmediato. Y, aun así, persiste la pintura. Porque mirar un cuadro implica interactuar con una visión que, por más ajena a la nuestra, genera un discurso de ideas, sensaciones o recuerdos.

Zegarra pinta lo que llamaremos paisajes para recurrir a uno de los géneros más reconocibles de la tradición pictórica. Pero cuando miro un paisaje de Paul Zegarra (actualmente en exhibición en la Galería “Impromptu” del Centro Cultural Peruano Americano) reconozco lugares naturales o espacios arquitectónicos por el simple hecho de haber estado en ellos. Y mientras más observo cada pincelada, mientras mis ojos se pierden en la ruta sugerida por las gradaciones cromáticas, mientras intento reconocer formas por la pésima costumbre de querer identificar, nombrar, todo termino perdido en constelaciones de color.
Es en esta abstracción de espacios y lugares que Zegarra viene trabajando dedicada y magistralmente hace años. Su reciente colección de lienzos, en su mayoría formatos amplios, titulada “Memorias” es un festín de color cuya visión detona una cantidad prácticamente infinita de asociaciones. Consideren solamente a manera de ejercicio la serie de cuadros rojos que domina la sala. Reconozcan cuántas asociaciones históricas o idiosincráticas tenemos para el color rojo. Y piensen luego en las conexiones personales que tendrá cada uno con el mismo color. Mirar la serie por primera vez me llevó de la superficie de Marte, al pasillo ensangrentado de “El Resplandor”; de edificios brutalistas, al glorioso cine Perú de la calle Pizarro; de un futuro apocalíptico lamentablemente, no muy lejano a una esquina interior donde fijé alguna vez la mirada para evitar una discusión incómoda.

Ese es el poder de la pintura. Esa es una de las cualidades de la pintura de Zegarra. El poder evocativo del color minuciosamente aplicado por el artista sobre cada centímetro cuadrado. Sus estudiadas composiciones han congelado instantes que se revelan ante nosotros como portales de narrativas épicas o atisbos de instantes intensos, como oasis de quietud o un fugaz atisbo de cotidianeidad.
Sus más grandes pinturas nos invitan o arrastran dentro de sí. La curiosidad despertada por alguno de los inquietantes detalles que el autor dispone hábilmente dentro de cada rectángulo vertical u horizontal, termina por absorbernos progresivamente hacia cada universo particular generado por su personal relación con el paisaje de la costa norte.
Paisaje plácido de antaño, cuando trigueñas arenas dialogaban con un sereno mar o escuetas viviendas acogían la provinciana domesticidad que nos caracterizaba. Paisaje actualmente plagado de edificios como diría mi abuela sin ton ni son. Y una naturaleza invadida por el abuso diario de nuestra artificial necesidad de comodidad. Ante este panorama, entrar en alguno de los cuadros de Paul Zegarra es dejarse llevar hacia parajes remotos donde podemos abrir las puertas de momentos, mensajes o memorias.
22 de agosto del 2023
